23052017 educacao

La pregunta que todos nos hacemos es ¿qué más se puede decir acerca del diálogo interreligioso, para no caer en una postura políticamente correcta, proclamadora del bien, cuando sabemos que en la vida real los prejuicios existen, los estereotipos religiosos y la segregación por identidad religiosa existe? ¿Dónde fallamos los que venimos hace años participando de paneles de cordialidad y armonía? ¿Cuál es el tiempo correcto para que el diálogo haga carnadura en la gente? ¿Cuál es la mejor metodología para llegar a las personas en lugar de seguir tocando la puerta de las “cúpulas”?

Agradecida estoy a todo el trabajo que se hizo para desmalezar el terreno. Los primeros documentos, los primeros simposios, las primeras publicaciones, las primeras demostraciones de amistad, confraternidad, y confianza con y por el otro. Ahora tenemos que traducir estos logros en acciones concretas que permitan imprimir en la gente todo aquello que los “dialogólogos” tenemos la suerte de experimentar en cada espacio compartido.

Por eso desde hace un tiempo, cada vez que soy invitada a un espacio de diálogo, hablo de educación. Y cuando digo educación pienso en dos dimensiones.

- La espiritualidad como contenido educativo;
- Una pedagogía del diálogo.

La espiritualidad como contenido educativo

Una de las mayores conquistas en Argentina fue la educación laica. Por fin las escuelas públicas consiguieron abrir sus puertas a todos los alumnos, sin distinción de credos y no dejarlos fuera de clase cuando la materia catecismo aparecía en la currícula. Fue y es un gran logro, una escuela que no imparta una determinada religión. Pero esta conquista se transformó con el tiempo, según mi humilde opinión, en una gran pérdida de oportunidad. Porque la escuela laica quitó no sólo de los contenidos curriculares sino de las conversaciones, de las sensibilidades y de la formación docente, las identidades religiosas y espirituales de los alumnos. El niño, la niña, el joven, la joven asisten a clase desprovistos del sistema probablemente más sensible que los habita: su sistema de creencias. Cada sistema de creencias aporta un universo vasto y rico para comprender a quienes les estamos enseñando: diferentes concepciones de la vida, diferentes modos de tramitar la muerte, diferentes momentos sagrados en el año. Yo sé personalmente del dolor de alumnos y alumnas de religiones africanistas que prefieren mentir y decir que son católicos para que sus compañeros no les peguen. Y también sé que cuando un alumno musulmán no come durante Ramadán, sus profesores se alarman por su desorden alimenticio.

¡Cuánta convivencia generaríamos en un grupo de alumnos si como docentes estuviéramos preparados para decirle a nuestro alumno musulmán en el mes de su ayuno: Ramadan Mubarak, o a nuestro alumno judío, cuando comienza el año del calendario hebreo: Shana Tová, cuánto más podríamos compartir con nuestro compañero budista si comprendiéramos la profundidad de su recitación Nam myoho renge kyo…

No propongo abandonar la conquista de la laicidad de la escuela, sino por el contrario, propongo entender dicha laicidad como el espacio más perfecto para permitir la convivencia de espiritualidades. Laico no significa prohibitivo de la religión, sino abierto a todas. Y para eso tendremos que hacer algunos ajustes, de currícula, de formación docente y de mentalidad, cuando le perdamos el miedo a las creencias dentro del sistema educativo público.

Una pedagogía del diálogo[1]

Una pedagogía del diálogo interreligioso se lleva a cabo cuando hay educadores que creen en ella. Y decimos “creen” porque más que el desarrollo de conceptos y habilidades para la enseñanza, la capacidad de transmitir este universo al que el diálogo nos convoca, requiere de seres humanos que estén interpelados por la emoción y la convicción. Sujetos que desde sus respectivos lugares - ya sea de representación religiosa, de liderazgo en grupos juveniles o infantiles, maestros, rabinos, sacerdotes, catequistas, profesores - entienden que la habilidad del diálogo es una posición en la vida, es una actitud hacia el prójimo, cuando éste representa lo que yo no soy y que sin embargo, sin él “yo no podría ser”.

Las comunidades religiosas, en este tiempo global, se mantienen como espacios de preservación de valores sociales y espirituales; son algo así como una referencia en donde la mirada ética sobre la sociedad aún no ha sido negociada. Desde sus particularidades, cada tradición religiosa mantiene los valores de justicia social, de equidad, caridad y santidad, que a veces, este mundo global ha decidido ignorar. A menudo la realidad nos ataca con imágenes sociales cruentas de las que parece no tener salida, y ante tanta desazón, las comunidades de fe, siguen erigiéndose como un bastión confiable, un espacio protegido, en donde la espiritualidad sigue siendo un valor intransferible.

De uno u otro modo, en cada comunidad religiosa se vive la llamada “regla de oro”, “No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti. Haz a los demás lo que quieres que te hagan a ti.” Y a partir de la educación en esta conciencia, se educa en el compromiso por el otro, el amor recíproco, la empatía y la responsabilidad social. Por eso creo que es desde el campo religioso se puede irradiar a tantas otras estructuras de la vida humana, en las que las personas nos desarrollamos. Una fuerte formación en la capacidad de dialogar y de respetar al otro, mejora nuestras relaciones familiares, laborales, e incluso nuestras posiciones políticas.

Una sociedad se consolida en su pluralidad. Lo uniforme anula y amordaza. El lugar para la palabra del otro y el respeto por el matiz del otro nos aseguran nuestro propio lugar y respeto. Somos todos hijos de inmigrantes, hijos y nietos de soñadores y emprendedores, descendientes de los que no negaron sus raíces, sus espiritualidades, sino que las aportaron para sembrar la nueva tierra - nuestra querida Argentina.

Por ellos, nuestros ancestros, por nosotros, que construimos la historia y por nuestros hijos, que heredarán nuestro legado, es que creo que tenemos que trabajar, y trabajar por volver a hablar de lo que creemos, de nuestros sistemas simbólicos, de nuestras celebraciones y acompañarnos como hermanos en nuestras alegrías y nuestros dolores.

Necesitamos voluntades políticas, sensibilidades ciudadanas, instituciones que se emocionen con la propuesta, manuales, calendarios interreligiosos, capacitadores y mucha gente que ponga el corazón para construir un lenguaje sensible entre todos.

———————

Columna publicada en Observatorio Romano, Argentina, con permiso de la autora y del director, Marcelo Figueroa.

La autora es Rabina de la Comunidad Bet El en Ciudad de Buenos Aires.

[1] Chemen, Silvina - Canzani Francisco: Un diálogo para la vida, A dos voces y al unísono. Hacia el encuentro entre judíos y cristianos. Ed. Ciudad Nueva.